Debido a su extensión en el espacio y en el tiempo, un río siempre es una sucesión de acontecimientos. El dibujo que fluye sobre el territorio se vuelve escenario de vida de un sinfín de seres que cohabitan su curso. Aves, mamíferos, anfibios, arbustos, flores silvestres y árboles de envergadura se alimentan de sus aguas, crecen y construyen ecosistemas naturales a través de un sistema de relaciones múltiple en el que cada especie ocupa su propio lugar. El ser humano, de la misma forma, introduce su huella. El agua, que discurre por su cauce natural, ha sido siempre el pilar de grandes y pequeñas civilizaciones. A su alrededor, la sociedad emerge a una velocidad desenfrenada, olvidando los tiempos pausados de aquello que considerábamos naturaleza.
Durante muchos años, las lógicas infraestructurales que conformaban las raíces de las ciudades modernas eran propuestas como tábulas rasas sobre el lugar, utilizando el territorio como un lienzo en blanco sobre el que construir contextos artificiales. Imponentes redes conectoras de un sistema de objetos autónomos eran diseñadas para facilitar los flujos de desplazamiento y actividad en paisajes definidos por la forma de las construcciones.
Una Isla en el Jarama parte de unas directrices claras de investigación, delimitadas por la comprensión infraestructural del proyecto como herramienta de convergencia entre el paisaje natural antropizado, la capacidad de desarrollo urbano de las nuevas ciudades y la recuperación de una velocidad de vida natural, hedonista y enfocada en el disfrute y la convivencia. Autores como Donna Haraway, Bruno Latour o Timothy Morton guían el camino hacia un modo de hacer ciudad desde una perspectiva ecológica, que aboga por la construcción de un marco donde puedan coexistir en armonía todos los agentes que conforman el lugar.
Bajo esta perspectiva se construye la base ideológica del proyecto, que tendrá que enfrentar la regeneración del paisaje natural del río con la especificidad programática derivada de las necesidades del emplazamiento. ¿Es posible producir a la vez un parque y una feria? ¿Cómo pueden convivir estas dos morfologías? ¿Tenemos la capacidad de generar un trozo de ciudad con una condición híbrida? Todas estas cuestiones aparecen sobre la mesa antes de que comience el primer trazo.
Una Isla en el Jarama propone un sistema de estratos frente a un sistema de objetos. Si el Jarama es el mayor patrimonio del lugar, éste ha de marcar el paso. Su presencia delimita una pequeña isla que riega la vegetación existente, permitiendo aflorar un sinfín de especies naturales a su alrededor y revitalizar el terreno existente. Sobre ella, se apoyan las mínimas piezas necesarias para el desarrollo de las actividades, intencionadamente compactadas y dislocadas entre sí para permitir que el estrato natural crezca y discurra en los intersticios.
La feria no impone su condición programática, sino que aporta da las pistas necesarias para la gestión de los dibujos materiales en el paisaje y se subordina a la directriz fundamental de que el lugar se muestre como un paraje lleno de vida y permanentemente activo. Su trazado, es una invitación al paseo y disfrute, a la observación y el descanso, a la fiesta y el deporte, a la conjunción de naturalezas y artificios presentes en las ciudades, que si alguna vez se pensaron como diferentes, hoy caminan de la mano.