Hub and The City

El concurso para el nuevo edificio administrativo de la Xunta de Galicia en Ourense propone la creación de un nuevo centro que responda con una propuesta arquitectónica lógica y consciente a los requisitos programáticos, funcionales, sociales y urbanos de un emplazamiento estratégico en la ciudad que se presupone como nuevo punto de referencia en el diálogo sobre la hibridación de usos, la permanencia y flexibilidad de los objetos construidos, la integración de espacios para la ciudadanía y la consolidación de un pensamiento ecosistémico para el desarrollo de nuestras ciudades.

Con una línea de pensamiento que ha evolucionado desde la modernidad hasta la situación contemporánea, se remarca la necesidad de que las piezas de una escala considerable han de saber responder al paso del tiempo y adaptarse a las necesidades de cada momento. El mundo se mueve a una velocidad muy distinta a la los tiempos que maneja nuestra disciplina. Normalmente un edificio se plantea con una duración estimable a partir de los cincuenta años y sin embargo no podemos dejar de asombrarnos de la cantidad de cambios estructurantes que ha vivido la sociedad en un lapso de tiempo similar en los años que nos preceden.

Sin ir más lejos, la triste pandemia del COVID-19 ha provocado que nos replanteemos la manera en la que nos relacionamos con las personas que nos rodean y con nuestros seres queridos y ha acelerado el desarrollo de novedosas estrategias de comunicación para mantenernos conectados; pero también ha modificado la manera en la que percibimos los espacios urbanos y arquitectónicos. Las situaciones de confinamiento han producido un cambio de mirada sobre las cualidades de los espacios urbanos y una variación significativa sobre su afluencia, cuidado uso, así como también ha modificado la manera en la que utilizamos los edificios, sobretodo en los sectores productivos que son los que en este caso nos ocupan.
La configuración de los puestos de trabajo ya no es la misma que hace unos años, ni la manera en la que éstos son vividos. La demanda de espacios abiertos, bien acondicionados y flexibles ha crecido significativamente, complementada por la reducción de la asistencia obligatoria a algunos centros para reducir los niveles de densidad de ocupación dentro de los mismos con la vocación de mantener un equilibrio en la calidad del aire interior entre otras cosas.

Con el paso de los años, hemos ido tomando conciencia también de algunos factores sociales que son determinantes e imprescindibles en el planteamiento de nuestros edificios. En definitiva, la arquitectura es una disciplina con una fuerte determinación humanística y ha de proponer soluciones para intentar mejorar la calidad de vida de las personas que hacen uso de ella, independientemente de la escala en la que se desarrolle. De hecho la integración de la domesticidad en los proyectos de mayor escala es uno de los puntos que actualmente se perciben como significativos de una sociedad que progresa adecuadamente y que es capaz de ofrecer en sus edificios lo necesario para facilitar a los usuarios y usuarias el desarrollo de las tareas cotidianas, así como lo es la accesibilidad universal en todos los aspectos que ocupa la arquitectura y el urbanismo.

Por otro lado, la emergencia climática nos ha ido determinando, cada vez de manera más severa, la forma en la que construimos nuestros edificios. Minimizar los recursos derivados de las industrias que producen mayor contaminación, aprovechar la climatología de los emplazamientos utilizando estrategias pasivas (como ya se hacía antaño en las arquitecturas vernáculas) y en definitiva dar una respuesta consciente y respetuosa con el planeta que habitamos, sin dejar de apostar por el desarrollo de sistemas tecnológicos eficientes y contemporáneos que nos ayuden a conseguirlo.

Bajo esta mirada consciente nos proponemos desarrollar un proyecto basado en la idea de soporte flexible que iremos detallando en las próximas páginas y que introduciremos a continuación.

En 1974 Habraken publica “El diseño de soportes”, en el que estudia la flexibilidad necesaria en el ámbito de la vivienda para que el usuario que vive en ella sea capaz de realizar modificaciones, estructurando los proyectos en bandas programáticas más rígidas y más flexibles en función de aquellas partes de la arquitectura que son más estables y aquellas que son más dinámicas.

Diez años antes, Fumihiko Maki publica en la Universidad de Washington “Investigations in collective form”, una investigación sobre las lógicas infraestructurales del proyecto y la manera en la cual un sistema soporte permite la flexibilidad en el tiempo a través de configurar los elementos del proyecto entre separadores, moduladores, apoyos, unidades y enlaces, haciendo hincapié en el funcionamiento de los edificios de gran escala como almacenes de flujos variables.

Estas referencias son parte del cuerpo teórico que durante los últimos años han realizado numerosos arquitectos a escala internacional desde los años 80 hasta ahora y que con sus actualizaciones pertinentes y revisiones acordes al paso del tiempo han configurado piezas significativas que se mantienen vivas con el paso del tiempo y que aportan al usuario y a la estructura de sus ciudades un soporte adecuado para el desarrollo tanto de aquello para lo que fueron pensados como de las numerosas situaciones variables que ocurrieron en el futuro.

Con estos condicionantes por lo tanto, el primer acercamiento al proyecto era el de generar una pieza abierta, flexible, transformable, universal, lógica y en definitiva, contemporánea.
Para ello primero realizamos un estudio exhaustivo de las necesidades programáticas presentes en las bases del concurso para entenderlas, ponerlas en su contexto actual y volumétrico y comenzar a realizar un trabajo de reprogramación y reconexión entre las mimas, manteniendo en todo momento los requisitos explícitos.

De esta manera, concebimos el proyecto a través de dos piezas complementarias. En primer lugar, una pieza alargada que condensa el programa administrativo, que se concibe como un volumen limpio, diáfano, programado con los mínimos elementos necesarios para la configuración espacial de los usos que alberga y que deja amplios espacios libres en pro de ser planteados a posteriori de acuerdo a las necesidades de organización específica de cada uno de los departamentos. En segundo lugar, una pieza compacta y de planta cuadrada, que por contraste alberga aquellas dependencias cuyo uso se prevee como soporte de la parte del programa complementario a estos espacios libres para su correcto funcionamiento y con una configuración concatenada en sección, conceptualizando así la propuesta como un edificio vertical y otro horizontal.

Ambos edificios forman parte de un mismo conjunto, presentando puntos de conexión entre ellos en varias de sus plantas para facilitar el flujo entre sus programas. La compacidad se refuerza con la homogeneización en el diseño del soporte y de las pieles, conteniendo los costes del proyecto y respondiendo a las condiciones climáticas del emplazamiento, que en ambos casos son las mismas.

En esta memoria trataremos de explicar con precisión y detalle cada una de las operaciones relativas a todas las partes que forman el complejo y la atención prestada en su desarrollo a todos y cada uno de los condicionantes a los que se encuentran expuestos.

Arquitectos:

Alejandro Caraballo Llorente, Carlos Rebolo Maderuelo, Ángel Cobo, Carmen Bentabol

Encargo:

Xunta de Galicia

Aquí puedes ver información adicional del proyecto:

El concurso para el nuevo edificio administrativo de la Xunta de Galicia en Ourense propone la creación de un nuevo centro que responda con una propuesta arquitectónica lógica y consciente a los requisitos programáticos, funcionales, sociales y urbanos de un emplazamiento estratégico en la ciudad que se presupone como nuevo punto de referencia en el diálogo sobre la hibridación de usos, la permanencia y flexibilidad de los objetos construidos, la integración de espacios para la ciudadanía y la consolidación de un pensamiento ecosistémico para el desarrollo de nuestras ciudades.

Con una línea de pensamiento que ha evolucionado desde la modernidad hasta la situación contemporánea, se remarca la necesidad de que las piezas de una escala considerable han de saber responder al paso del tiempo y adaptarse a las necesidades de cada momento. El mundo se mueve a una velocidad muy distinta a la los tiempos que maneja nuestra disciplina. Normalmente un edificio se plantea con una duración estimable a partir de los cincuenta años y sin embargo no podemos dejar de asombrarnos de la cantidad de cambios estructurantes que ha vivido la sociedad en un lapso de tiempo similar en los años que nos preceden.

Sin ir más lejos, la triste pandemia del COVID-19 ha provocado que nos replanteemos la manera en la que nos relacionamos con las personas que nos rodean y con nuestros seres queridos y ha acelerado el desarrollo de novedosas estrategias de comunicación para mantenernos conectados; pero también ha modificado la manera en la que percibimos los espacios urbanos y arquitectónicos. Las situaciones de confinamiento han producido un cambio de mirada sobre las cualidades de los espacios urbanos y una variación significativa sobre su afluencia, cuidado uso, así como también ha modificado la manera en la que utilizamos los edificios, sobretodo en los sectores productivos que son los que en este caso nos ocupan.
La configuración de los puestos de trabajo ya no es la misma que hace unos años, ni la manera en la que éstos son vividos. La demanda de espacios abiertos, bien acondicionados y flexibles ha crecido significativamente, complementada por la reducción de la asistencia obligatoria a algunos centros para reducir los niveles de densidad de ocupación dentro de los mismos con la vocación de mantener un equilibrio en la calidad del aire interior entre otras cosas.

Con el paso de los años, hemos ido tomando conciencia también de algunos factores sociales que son determinantes e imprescindibles en el planteamiento de nuestros edificios. En definitiva, la arquitectura es una disciplina con una fuerte determinación humanística y ha de proponer soluciones para intentar mejorar la calidad de vida de las personas que hacen uso de ella, independientemente de la escala en la que se desarrolle. De hecho la integración de la domesticidad en los proyectos de mayor escala es uno de los puntos que actualmente se perciben como significativos de una sociedad que progresa adecuadamente y que es capaz de ofrecer en sus edificios lo necesario para facilitar a los usuarios y usuarias el desarrollo de las tareas cotidianas, así como lo es la accesibilidad universal en todos los aspectos que ocupa la arquitectura y el urbanismo.

Por otro lado, la emergencia climática nos ha ido determinando, cada vez de manera más severa, la forma en la que construimos nuestros edificios. Minimizar los recursos derivados de las industrias que producen mayor contaminación, aprovechar la climatología de los emplazamientos utilizando estrategias pasivas (como ya se hacía antaño en las arquitecturas vernáculas) y en definitiva dar una respuesta consciente y respetuosa con el planeta que habitamos, sin dejar de apostar por el desarrollo de sistemas tecnológicos eficientes y contemporáneos que nos ayuden a conseguirlo.

Bajo esta mirada consciente nos proponemos desarrollar un proyecto basado en la idea de soporte flexible que iremos detallando en las próximas páginas y que introduciremos a continuación.

En 1974 Habraken publica “El diseño de soportes”, en el que estudia la flexibilidad necesaria en el ámbito de la vivienda para que el usuario que vive en ella sea capaz de realizar modificaciones, estructurando los proyectos en bandas programáticas más rígidas y más flexibles en función de aquellas partes de la arquitectura que son más estables y aquellas que son más dinámicas.

Diez años antes, Fumihiko Maki publica en la Universidad de Washington “Investigations in collective form”, una investigación sobre las lógicas infraestructurales del proyecto y la manera en la cual un sistema soporte permite la flexibilidad en el tiempo a través de configurar los elementos del proyecto entre separadores, moduladores, apoyos, unidades y enlaces, haciendo hincapié en el funcionamiento de los edificios de gran escala como almacenes de flujos variables.

Estas referencias son parte del cuerpo teórico que durante los últimos años han realizado numerosos arquitectos a escala internacional desde los años 80 hasta ahora y que con sus actualizaciones pertinentes y revisiones acordes al paso del tiempo han configurado piezas significativas que se mantienen vivas con el paso del tiempo y que aportan al usuario y a la estructura de sus ciudades un soporte adecuado para el desarrollo tanto de aquello para lo que fueron pensados como de las numerosas situaciones variables que ocurrieron en el futuro.

Con estos condicionantes por lo tanto, el primer acercamiento al proyecto era el de generar una pieza abierta, flexible, transformable, universal, lógica y en definitiva, contemporánea.
Para ello primero realizamos un estudio exhaustivo de las necesidades programáticas presentes en las bases del concurso para entenderlas, ponerlas en su contexto actual y volumétrico y comenzar a realizar un trabajo de reprogramación y reconexión entre las mimas, manteniendo en todo momento los requisitos explícitos.

De esta manera, concebimos el proyecto a través de dos piezas complementarias. En primer lugar, una pieza alargada que condensa el programa administrativo, que se concibe como un volumen limpio, diáfano, programado con los mínimos elementos necesarios para la configuración espacial de los usos que alberga y que deja amplios espacios libres en pro de ser planteados a posteriori de acuerdo a las necesidades de organización específica de cada uno de los departamentos. En segundo lugar, una pieza compacta y de planta cuadrada, que por contraste alberga aquellas dependencias cuyo uso se prevee como soporte de la parte del programa complementario a estos espacios libres para su correcto funcionamiento y con una configuración concatenada en sección, conceptualizando así la propuesta como un edificio vertical y otro horizontal.

Ambos edificios forman parte de un mismo conjunto, presentando puntos de conexión entre ellos en varias de sus plantas para facilitar el flujo entre sus programas. La compacidad se refuerza con la homogeneización en el diseño del soporte y de las pieles, conteniendo los costes del proyecto y respondiendo a las condiciones climáticas del emplazamiento, que en ambos casos son las mismas.

En esta memoria trataremos de explicar con precisión y detalle cada una de las operaciones relativas a todas las partes que forman el complejo y la atención prestada en su desarrollo a todos y cada uno de los condicionantes a los que se encuentran expuestos.

Arquitectos:

Alejandro Caraballo Llorente, Carlos Rebolo Maderuelo, Ángel Cobo, Carmen Bentabol

Encargo:

Xunta de Galicia

Aquí puedes ver información adicional del proyecto:

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