Invading Spaces [1×01] Ana Rebolo

ruidos y eco (intervenciones sobre lo intermedio)

El 20 de Mayo de 2020 hicimos nuestra primera intervención en la primera de las reformas que nos habían encargado. La propuesta consistía en introducir un agente externo al proceso arquitectónico para resignificar el espacio que se encontraba a medio construir. Habíamos entendido que el momento en el que una obra se encuentra en proceso, es el momento en el cual la arquitectura pasa de pertenecer del campo de las ideas al mundo de lo físico, de lo material.

Este momento de transición tenía además una característica fundamental: la de revelar que aquel lugar lleno de escombros, sacos, cubos, desconchones, no era una vivienda sino otra cosa. Era un espacio con unas características morfológicas de cierta similitud con una vivienda: su emplazamiento en la primera planta de un edificio de mediados de siglo, unos balcones con sus persianas, alguna bombilla descolgada o quizá algún compartimento proporcionalmente definido, pero no mucho más.

En la memoria material podía quedar la huella de los anteriores tabiques, las baldosas maltrechas por la anterior reforma, un papel pintado que había agarrado al yeso, las tomas de fontanería… Algunas muestras de algo que en su día fue y que no volvería. Este espacio ya no era eso, como tampoco era la vivienda de pulcros acabados que pretendía ser en un futuro no muy lejano. Ahí no había rastro del nuevo suelo de madera, ni de las griferías de diseño, ni del gigantesco armario empotrado de puertas correderas que vestiría la pared del dormitorio.

Lo que allí se encontraba era un espacio ambiguo. Un lugar que pedía ser interpretado de múltiples maneras, que descecía de etiquetas. Nuestra propuesta fue contactar con una bailaora de flamenco para cederle 02. ruidos y eco (intervenciones sobre lo intermedio) el espacio y que pudiese ensayar con total libertad.

Usamos un palé en el que habían subido por el balcón unos materiales a la obra y que habían chapado con una plancha de DM bastante gruesa para que no cediese por el peso como tablao de baile. Ana se pintó los ojos y los labios en un viejo espejo que los dueños habían dejado en la casa y que todavía estaba allí como todos esos objetos que sin explicación siguen merodeando de un lado a otro hasta que desaparecen a final de obra. Después, procedió a taconear, voltearse, dar palmas, canturrear y muchas otras cosas que por terminología desconozco pero que inundaron el espacio de una danza atronadora que hacía vibrar la cámara con la que estábamos filmando el espectáculo.

El forjado, que había quedado desnudo y no tenía más que unas finas viguetas metálicas y una leve capa de hormigón que había sido rozada en ciertos puntos, devolvía el sonido con un eco estremecedor, que dialogaba con el que se producía sobre las paredes desnudas de ladrillo. Comprendimos entonces que quizás estábamos en lo cierto, que esto también era el proceso, que este hecho de invasión transversal tenía la capacidad de hacernos reflexionar sobre el espacio en el que estábamos proyectando y que ponía de manifiesto ciertas texturas ocultas que de cualquier otra manera no habríamos sido capaces de ver. La obra terminó sin sobresaltos ni muchas repercusiones de aquel acontecimiento.

Lo más que pudimos hacer trascender la idea de aquel momento fueron pequeños detalles que rescatamos de lo que antes estaba y ya nunca será; pero sin duda, no ha habido una vez que no haya vuelto a este lugar en el que no sienta que sus paredes permanecen impregnadas de aquel baile flamenco y no podrán despegarse de él jamás.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad